Que no.

Lo asumo: yo convivo con una babosa
aunque ella no sabe que vive conmigo.
No percibe ninguna existencia más allá
de su brillante y pegajoso ego-camino.

Hace días era pequeña, pero ahora, ¡já!
Si la vieras, no lo creerías. Es gorda
y repugnante. Y yo me lavo los dientes
mientras la miro con creciente fastidio.

Ya no me miro en el espejo, prefiero
mojarla viendo como respira líquido.
La soplo fuerte a veces, para ver como
estremece lentamente sus antenas-ojo.

Cuando era niña supe amar caracoles,
pero hoy vivo con una babosa horrible.
Me doy tanto asco que se me ocurre
que no soy quien para tirarle sal
que no soy nadie para verla arder
que no merezco el infantil placer
que produciría el acto de su perecer.

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