Que la palabra viva en tí.


No digas por favor cuando me pidas, es favor que solo a ti favorece.
Me rehúso a fomentar con mis actos el disfraz tan social, el altruísmo 
plastificado, de buscar satisfacción en desprenderse del deseo propio.
Pedime sabiendo que la condición es que accedo es porque yo quiero.

No me digas el perdón automático, si después hacés lo mismo una
y mil veces. Aprendé de la cagada y mirá, el perdón llega sincero.
Me da asco el perdón como recurso anti-violencia, que sostiene,
que mantiene, el no aprender del error, el bancarse lo que viene.

No me digas que buenos días, ni buenas tardes, ni buenas noches, 
a no ser que tu voz, tu tono y tu sonrisa, sean la pura evidencia
de que me lo deseás tan desde adentro, que no hay en ti falsedad.
Que no sea por saludarme, sino porque sentís que me lo merezco.

No me digas que estás apurado, no sos el único. La verdad es que
desde que nacimos, toda la vida nos apura la muerte, lentamente.
No me recuerdes los horarios solo porque querés vivir con ellos.
Allá vos, yo no quiero. No es mío el tiempo, ni yo le pertenezco.

No me digas, hablame. Desmostrá en el lenguaje tu autenticidad.
Deseo que toda palabra que tus labios dicten llegue a ser tan real
como una flor, como el agua, como un fotón, como el tiempo.
La palabra con significado te da la vida, te plasma eternamente.

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