Subsistiendo.

Para entrar una escalera, que subí con un empeño jamás previsto para una tarea tan simple. Supuse entonces que en esa misma situación quizá se le ocurrió a Cortázar ese mambo de las instrucciones. Cuando al fin llegué a la cima pregunté al guardia dónde era emergencia y me señaló una ventanilla vacía:
- Debe haber ido al baño, esperá ahí que ya viene y te toma los datos.
Tarea que desempeñé en cuclillas hasta que el mismo guardia al verme de lejos se apiadó de mí y me acercó una silla. Al rato vino el de la ventanilla, con una bolsa de bizcochos y una coca chiquita; me pidió la cédula y me preguntó por qué venía.
- Me duele mucho la espalda y la panza... Tanto que no pude esperarte parada.
- Muy bien, esperá por ahí en las sillas que ya te llaman. - respondió ansioso mirando su bolcita.
Eran las seis de la tarde y además de mí habían otros cinco que al igual que yo tenían cada uno su respectiva compañía. Esperamos los diez y otros que fueron llegando hasta las nueve y media y recién ahí empezó el llamado. La que había llegado segunda le decía a la primera que no sea molesta y aprenda a esperar. Me pareció triste su postura conformista, porque emergencia me suena a algo que no debería demorar y no es tan ilógico ponerse impaciente tras dos horas.
Cuando entré al consultorio me dijeron que podía tratarse de una infección y que haga pis en un tarrito. Lo entregué y me senté en las sillas de cti, donde era la número ocho de las doce sillas.
Ya no éramos personas. Ahora éramos números esperando cosas distintas. Lo mío un resultado del laboratorio. El 9, un chico fugado del inau esposado a su tutor recibía medicación. En frente el 5, una señora con ataque de asma que respiraba oxígeno y su hija  el 6, llena de ojeras, la miraba con indiferencia y preocupación, dos cosas que increíblemente coexisten en aquel que ya pasó muchas veces por el mismo momento en que son enormes las posibilidades de perder a quien se quiere. En el sillón 1 Laura gritaba que precisaba medicación psiquiátrica, tenía violetas las terminaciones de su cuerpo y su toz hacía temblar el techo.
- ¡No sé ni cuántos años tengo, por favor, denme el medicamento!
- Laura, ya viene la doctora, está atendiendo otros pacientes. - le repetía el enfermero.
A la una de la mañana estuvo el resultado de mi pis y nos vinimos a dormir a casa. Al otro día teníamos que estar a las ocho para hacerme una ecografía de riñones para ver si eran sanos o llenos de cálculos porque tenía cristales en la orina.
Cuando llegué a la hora pactada en esos doce sillones estaban los mismos números que cuando me fui, con las mismas luces fuertes ya que a pesar que el sol estaba arriba no había en ese cuarto una sola ventana. Se les habían agregado otros pero no conocía sus problemas.
A las diez y media llegó la persona que yo esperaba desde las ocho, una mujer fria que me dijo que me acueste, me puso gel frio en la panza, apagó la luz y con unas cosas conectadas a un televisor me vio por dentro.
Dos horas después los resultados dijeron que lo único sano eran mis riñones y que las piedras las tenía todas en la vesícula. En los ovarios tenía también dos bultos grandes. Me volví a los sillones, esta vez fui el doce. Pese a mi llanto producto de la fobia que me producen las agujas me inyectaron analgésicos por un tubito que iba desde una bolsa hasta la vena de mi mano derecha.
Llegué a casa y lloré. Mi cuerpo era el mismo de siempre pero no se sentía igual ahora que sabía que había cosas feas dentro de él. No es nada grave, todo se saca y sin dudas hay gente que vive cosas peores; tanto así que a veces muere por ellas.
Yo simplemente espero que me abran. El dolor es inmenso y la angustia más. ¿Por qué si el cuerpo es un envase que contiene a lo que en verdad importa de mi ser es tan trascendente ser consciente de que algo en él está andando mal?

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