En la bolsa.

No recuerdo ninguno, pero sí que todos y cada uno tenían nombre. Un nombre que yo les había puesto y que en aquel entonces recordaba con sorprendente atención. Tampoco recuerdo la pecera en sí, pero sé que les tiraba comida con un salero y los miraba nadar y nadar nadando. Yo era pequeña, ellos mis amigos y estaba fascinada por su existencia tan ajena a la mía, sus movimientos y el hecho de no poder saber si estaban despiertos o dormían con esos ojos sin párpados, con sus cuerpos en continuo movimiento.
Recuerdo sí, claramente, llevar la bolsita transparente, muy emocionada a la vuelta de la feria los domingos (gran responsabilidad), con mucho cuidado; la bolsita con agua y un nuevo amiguito adentro. Me daba pena el trayecto, ese naylon patético con el que se envuelven, transportan o empaquetan las cosas sucias, muertas, o comestibles. No era lugar para un pez tan bello, así que sacarlo de ahí era mi prioridad al llegar a casa. Ya había decidido su nombre cuando lo metía en la pecera con el resto y se los presentaba, pidiéndoles que sean amables. 
Mis favoritos eran los naranjas, por eso eran los únicos que se repetían. Los otros eran todos diferentes y formaban un gran cuadro colorido en movimiento alrededor del buzo prendido a la tapa de un cofre que se abría y se cerraba, dejando escapar en ese ínterin burbujitas de aire que llenaban de oxígeno el agua. ¿Qué más preciado tesoro? 
Al ser mis favoritos los naranjas, los tenía repetidos; cuando noté que había solo uno, no fue difícil percatarme en seguida que también faltaban algunos otros. ¿A dónde habían ido? Corrí a contarle a mamá: "se los está comiendo el gato" dijo y siguió estudiando. Conclusión indiscutible para cualquiera, menos para mí. Mi gata gris había tenido gatitos y no se despegaba de ellos ni para comer. Además después del porrazo que le había dado la primera vez nunca más se acercó a la pecera. Mi mente detectivesca me impidió hacer otra cosa que no fuese observar pacientemente hasta encontrar una explicación para la sospechosa desaparición de los peces.
Mientras esperaba pacientemente a que el acertijo se resolviese ante mis ojos (lo cual sucedía con extrema frecuencia en esa época, en cuanto a misterios se refiere) saqué varias conclusiones de las cuales la más probable y razonable a mi parecer era que habían huido en la noche como buenos seres vivos que son, en busca de la libertad del inmenso océano, tal como mi otro gato Blue había huido en busca de aventuras de gris asfalto en la gran ciudad; pero justo cuando estaba a punto de aceptar que era así la paciencia rindió frutos y la verdad apareció, definitiva: perdí mi inocencia junto con el último pez naranja que quedaba y fue mi primer encuentro con la muerte, de cerquita.
Era insospechable. El limpiapeceras, muy astuto, siempre tenía la coartada de estar limpiando la pecera mientras los otros peces nadaban por ahí. Lo observé atónita y así quedé hasta que terminó el crimen. Es esta la parte de la historia que recuerdo con más claridad: estaba con su trompa muy prendido a la pared de la pecera como de costumbre cuando de pronto mi predilecto naranjita pasó a su lado y rápidamente cambió el vidrio por el cuerpo del pececillo, con un movimiento digno de los más feroces depredadores; lo llevó hasta el fondo entre las piedritas y no cesó la temblorosa lucha hasta que se dio el instante de quietud absoluta. Ahí quedó el cadáver, invisible en el fondo de la pecera. Rápidamente volvió a su puesto y aquí no pasó nada, actitud que mantuvieron también en resto de los habitantes.
Fue así mi primer encuentro con la muerte. Yo que pensaba que el asesinato era cosa de películas y de noticieros, pero no, los seres más coloridos tenían también esa extraña tendencia. Le conté a mamá y limpiamos la pecera; efectivamente estaban allí todos los cuerpitos torcidos entre las piedras.
No hubo castigo para el limpiapeceras, y no sé bien qué pasó con la pecera o cuando dejé de tenerla, pero este suceso cambió radicalmente mi concepción de la vida y la muerte, mi idea de la existencia en sí.




Nunca más compré peces y tampoco me atreví desde ese entonces siquiera a arrancar una flor.















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