Me quiero con locura.


Que no me digan las horas que no las aprovecho,
cada segundo deberá siempre despedirse de mí
con firme certeza de que me extrañará al partir.
Las despedidas que inevitablemente se sucedan
quiero que me hagan llorar sólo mientras sonrío.
Esbozaré una amplia sonrisa en toda bienvenida,
pero también lo haré en las más luminosas noches
para poder así reír en los oscuros e inauditos días.
Sé que ninguna lágrima jamás me resultará en vano
porque siempre buscaré inferir sin excepción alguna
hasta la más ínfima razón que me provoque un llanto.
Seré consciente de todo cuanto convoque mi interés,
dándole rienda suelta a la imaginación que despierta.
El total que me importe será mi motor, mi prioridad;
como tal jamás padecerá la desdicha de la indiferencia.
Afortunado quien idóneo acapare mi petulante corazón
(estaré agradecida), una flor cada día al vigoroso cantor,
serviré de numen lozana a sus despliegues de pasión.
Lo juro hoy: no permitiré nunca más que nada me quite
la caudalosa dicha que da estar soberanamente viva.
¡Ya puedo prever lo maravillosa que será esta vida!
Yo la perseguiré con vasto amor y majareta alegría
para que cuando a su fin me acerque no haya duda:
habré sentido lo que hice, habré hecho lo que quería.


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¡Contame todo!