El amor.

La muerte de la lombriz, la tan repentina mente que repentinamente murió para volver a nacer. Tan gorda estaba, tan llena  de vida, que de seguro a la mitad la cortaba y mágicamente nacían dos. Pero así, así de viva que cuando la encontré muerta, hecha un espiral, la toqué con la mente y se volvió a mover.
Quizá fue el sol, que quemó tan vivo que la secó. Que le dé agua pedía a gritos y no pude escucharla con el volumen al máximo del disco que encontré, un disco que hacía que siempre fuera de mañana, que el sol siempre brillara para mí.
Y entonces los recuerdos que no pasaron pero recuerdo como si hubieran sido ayer o mañana: la playa en tetas riéndonos sin parar, los museos abiertos solo para nosotros dos, mi miedo cuando empezó a volar el avión, tu abrazo llenándome de paz, la música que hicimos en la esquina de algún país, todo lo tuyo haciéndome reír, las luces de los autos yendo lento y yendo rápido, todo lo mío haciéndote vivir. Todo lo que pasó en una vida entera caminando juntos. 
Es como estar viendo muchísimos elefantes pasando en fila frente a mí, me hacen llorar y no puedo dejar de verlos. Los miro fijamente, como van caminando lento, calmados, tranquilos, se enredan entre sí de la cola a la trompa, se hacen un nudo y van juntos; van camino a eso que persiguen con la esperanza de llegar y con la certeza de que saben disfrutar el camino largo, como seres gigantes y maravillosos que son.
Me emocionan los elefantes porque representan lo que para mí es el amor, algo enorme, pesado, algo tranquilo que tiene que ser libre para poder recorrer el mundo con sus pasos calmados. Los he visto sucios, chiquitos, encerrados. Los he visto en situaciones tan feas que sufro de recordarlo. Mas me emocionan de alegría cuando los veo como considero que tienen que estar: salvajemente vivos, los seres majestuosos que deben ser. Y hay algo de lombriz en ese agarrarse de sus extremos para caminar juntos.
Hay algo de lombriz en desafiar a la muerte, a los finales. Algo de lombriz en desafiar a la vida, a los principios. Hay algo de lombriz en perseguir la eternidad, hay algo de lombriz en lo infinito. Hay algo de elefante en lo que siento con vos y por vos.
Hoy somos un sueño del que nunca me voy a despertar. Eso vuelve del todo real cualquier dejo de fantasía, del todo ideal mas no delirio. Infinitos elefantes que siguen poniéndose de pie a pesar de esta gravedad que hace fuerza para que lleguen al centro de la tierra. Pero no llegan, porque gracias a sus enormes orejas son capaces de volar.

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