Formícido es otra forma de decir hormiga.

Voy a contar algo sobre una hormiga que conocí. Sé que es extraño conocer una sola hormiga, es decir, he visto muchas, pero si de conocer se habla, conozco una sola. Sucedió que había un hormiguero cerca de la cocina, cosa bastante común, cuya ruta de trabajo se extendía en la intersección entre la pared y la mesada. Pasaban por ahí miles de formícidos todos los días, llevándose significantes cantidades de desperdicios orgánicos que mi familia descartaba. Siempre me fascinó su admirable fuerza al cargar hojas gigantes en comparación a ellas, su capacidad increíble de ser tan pequeñas y aparentemente insignificantes, aún poblando la tierra y la Tierra con un estimado número de diez mil billones. 
Todo transcurría muy normal, como es debido, hasta que un día noté que había una de ellas que nunca había visto. Sorpresa la mía, ¿cómo sabía que no había visto jamás a esa hormiga en particular? Si todas ellas me parecían hasta ese entonces iguales. Bueno, sí, efectivamente esta era una hormiga que aunque no cargaba nada tan enorme como las otras, parecía más fuerte que éstas dado que se notaba a leguas que lo que cargaba era invisible pero mucho más pesado que cualquier peso que la gravedad pueda a un objeto aportar. Explorando mi cocina sin respetar un carajo la ruta a seguir ni los propósitos de su existencia, ésta hormiga iba y venía trazando un camino aleatorio. La empecé a seguir, tarea sencilla puesto que se trataba simplemente de mover los ojos. Parecía que le importaba poco y nada comer, ser descubierta, o incluso descansar. Me parecía la hormiga más viva e insaciable que alguna vez hubiese podido existir. Era increíble el modo en que las otras hormigas parecían no notar su existencia, tan concentradas en su ardua tarea de servir a un propósito común. La conocí porque en determinado momento ella comenzó a notar mi presencia, y me dijo así: 
-Gigante, ¿por qué no sos como los otros de tu especie? ¿Por qué motivo habrías de estar aquí observando a las mías en lugar de hacer tu vida aburrida de gigante? ¿Qué es lo que motiva tu implacable perseverancia en ser testigo de nuestra insignificante existencia?
Supe entonces que esa hormiga era como yo y aún no lo sabía, pobre estúpida. Nunca supe como entendía sus palabras si no hablaba como yo, sino que se hacía entender conmigo de un modo sorprendente, extraño e indescriptible. Habló muchísimo conmigo, se hizo conocer y yo escuché atentamente todas y cada una de sus narcisitas historias, aprendiendo de ellas más de lo que me había enseñado la vida misma. Supe entre otras cosas, que no recordaba de que hormiguero venía, pues se aburrió a la semana de despertar por vez primera en este planeta y decidió ir de un hormiguero a otro; su argumento era que quería conocer todo lo posible (pasando lo más desapercibida que pudiera) y su objetivo encontrar algo que le permitiese dejar una marca significativa en la historia, antes de perecer como creyó que todo ser vivo hace, pobre estúpida. 
Nebulosa de la hormiga.
Viajó conmigo, caminando por mi cuerpo mientras yo caminaba por el mundo, que camina alrededor del sol, que corre inquieto por la galaxia, etcétera. 
Hoy voy a contar algo sobre esta única hormiga que conocí, que hoy no está entre nosotros los vivos pero no ha muerto, porque de seguro es o por lo menos una vez fue alguna gota de lluvia que golpea tu cara o la mía. Ella fue amada por mí y viceversa, dejando así evidencia de que hay una sola marca significativa que un ser puede dejar en este mundo: los sentimientos eternos, impresos en el aire, en el agua o en cualquier otro conjunto de átomos que compone esta materialidad plagada de cosas inmateriales, imperceptibles, ajenas al tacto. Quiso dejar una marca en la historia y lo hizo, pues me enseñó sin siquiera saberlo que todos nosotros somos la historia y el modo en que vivimos, morimos y seguimos viviendo, es cómo la contamos.

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