Recordar a Lorena.

Tuve muchas de las que te erizan la piel al recordar,
pero me estremecía hasta lo más profundo de mi ser
recordar a Lorena.
Era preciosa, con su risita de niña, toda pequeñita.
Hubo algo que me hizo dejarla,
que me pareció decisivo e incuestionable.
Era algo que había en su forma de llorar,
como estar viendo un truco de magia
y no poder descubrir cómo mierda hace eso.
Lo curioso de cuando lloraba eran sus ojos,
que no sólo se llenaban de lágrimas
sino que se volvían de marrones a verdes,
como el pasto en una tarde de primavera,
de un momento a otro.
Tuve que dejarla, era dañino para ella,
porque no podía dejar de hacerla llorar
para ver una y otra vez la magia ocurrir.

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