Yo siempre gano.

Yo gané, yo gané lo todo. Lo todo gané, cuando me quedé sin nada. Creo que no hay objetividad en este mundo, creo que nadie puede emitir opinión sobre algo a no ser que esté dentro de esa piel. Igual, perdón, pero quisiera saber bien si estoy hablando en un plan de dialéctica o si sigo hablando de nosotros. Yo te sigo a donde vayas, pero me gustaría hablar de que te escribo siempre a vos, en exclusivo. Sólo a ti te escribo porque sé que me leés en silencio, que no decís nada, que no admitís que leíste mis palabras, que sabés que la luna tiene luz propia y que los perros se sienten extranjeros entre las multitudes. Te perdí y gané todo, gané toda la tristeza, todo el vacío, toda la soledad del mundo. La envidiable soledad que te carcome de noche mientras te revolcás entre las frazadas, las lágrimas y el frío de la pared a tu lado. Ese que te inspira las más oscuras palabras, los más melancólicos lamentos. Gané la capacidad de extrañarte todo el día, de un modo exagerado y dolorosamente irremediable. Gané a libertad de tener todas las responsabilidades sobre mí espalda, todas las decisiones, todo el cuidado. Nadie me cuida, si no lo hago yo. Nadie va a querer mi bienestar si yo no lo quiero. 
Gané lo todo, pues, gané todo el deseo desinteresado de que mi vida pegue una vuelta carnero sin que yo haga nada para que suceda, de que mi boca se coma el mundo, de que mis manos acaricien todos los árboles (porque ya ninguno es solo mío) y mis pies caminen corriendo por tierras húmedas de rocío amanecido. Gané todo, porque yo siempre gano.

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