Japón-japón-japón.


Lo que él sin dudas extrañaría más serían sus besos, pero aquella chica además tenía un orgasmo tan potente que la detenía en el tiempo (o ella lo detenía a él), logrando que ese instante durase un poco más que un par de eternidades. Era como un dibujo que había que admirar, con todas sus imperfecciones, curvas y líneas quebradas.

Estaba hecha a lápiz y goma, y sin dudas se podía borrar del papel sin previo aviso, pero estando siempre presente en la realidad. (¿Realidad? ¿Qué es eso?) Fue un sueño.
Lo que ella extrañaría era que él la dibujase, con los dedos, con la punta de los dedos y las uñas en las manos, en las finísimas muñecas, en el brazo, en el pecho, en los senos, en el ombligo, en el pubis, en los muslos, en las nalgas regordetas y graciosas. Ahí la daba vuelta y subía desde el gato tatuado en su coxis hasta los hombros, lentamente por la columna, levantando la piel a presión cual alfombra curvándose, cual universo arrugado y superpuesto; luego finalmente le mimaba la cabeza, abriendo los dedos entre sus pelos y era como que más bien le acariciaba los pensamientos. Era tan rápido ese dibujo, demoraba tan pocos segundos en recorrerla toda que ella era bien chiquita mientras la dubujaba.
Resultaba realmente increíble cómo no salían de la cama, del papel y de los huesos.
Te-doy-el-mundo era el olor de su pelo, que quedó impregnado en las paredes manchadas de humo y humedad.

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