Cómo-la-puta-madre-cómo.

 

La capacidad de las letras es hacernos inmortales. Acabo de terminar este libro y me quedó una sensación de angustia mezclada con algo que no sé qué carajo es, seguramente fruto de la mezcla de angustia y algo que no sé qué es, que tal vez sea algo que no es angustia porque no me siento angustiada. Siento que con cualquier cosa que escriba puedo ser inmortal. Este tipo que leí, Paul Auster, tiene la capacidad de que su nombre no importe, puesto que lo pude haber leído con cualquier otro nombre: escribió libros con su nombre y también en nombre de otros... Es decir que escribió simplemente por el placer de escribir, por haber nacido con la capacidad de hacerlo bien y disfrutarlo. Sin embargo este detalle me hizo notar que estoy (y siempre estuve, sin saberlo) convencida de que no importa quién sea el que escribe. Si bien la vida del escritor de seguro debe contextualizar su obra, lo hace ser quien es y lo hace escribir lo que escribe, no viene a cuento con lo que intento manifestar.
Leía yo, esas palabras y todo lo que pensé cuando cerré el libro fue en cómo-la-puta-madre-cómo es posible que cuando se escribe no siempre importe lo que uno esté escribiendo, ni el final, ni el principio, ni ningún momento. Las cosas van cerrando solas. Esto lo supe debido a que me pregunté si el libro final (El cuarto cerrado) lo escribió antes de los anteriores, y cuando me pregunté esto me di cuenta de que estaba hablando de un tipo que está vivo y que bien podría preguntarle en algún momento de mi vida (todo es posible, es bueno saberlo), pero no me interesó; me llamó más la atención la idea de que lo que a un lector le produce un libro es la cosa más privada e indescriptible del universo y de que no entiendo a la gente que va a conferencias a preguntarles cosas como: "¿De dónde vino la inspiración?" "¿Qué sentiste al escribir eso?" "El personaje de la mujer a la que le atribuís una naturaleza divina, ¿tiene algo que ver con los cultos marianos?" Pará, hermano, disfrutá lo que viviste. Es increíble cómo muchas veces no nos damos cuenta de lo bello que es quedarse con la duda o bien crearnos certezas (con respecto a la literatura) que seguiremos manteniendo sin importar que el propio escritor nos toque timbre para explicar que no es así.
Es sencillamente magnífico: no importa el tipo ni lo que él piense con respecto a lo que escribió, importan sus palabras. No importa el porqué, pero sí el sentimiento. Yo lo veo, yo lo vi, yo vi como ese tipo escribió eso y cómo lo sentía. Yo siento eso con cada libro que leo. Cada historia de desarmo para  que al concluir, lo pueda rearmar y entender. Cada juego al que mis ojos me someten la mente. Cada sueño que sueño cuando me duermo tras haber leído cuando estaba despierta. Siempre me invento ese mundo que algún tipo escribió, y que seguramente no es el mismo mundo. 
Me importa el escritor en la medida de que lo leo y pienso cómo-la-puta-madre-cómo es posible que las letras nos hagan inmortales. ¿Por qué digo "inmortales"? Porque este tipo va a quedar en mi memoria siempre. Igual que todos aquellos que he leído, lo mismo da si están vivos o muertos. No lo recuerdo porque sea quien es, sino porque la inspiración (bichito que vuela por ahí para liberar de todo monstruo -lindo o feo- a quien se encuentre) se apoderó de él y lo que le quitó de amargura, se volvió algo hermoso que yo-lectora sentí.

(Aclaro que no fui yo quién sacó la foto, sino alguien que osó vender a Paul Auster por $30 por Mercado Libre especificando como única descripción que tiene 325 páginas.)

Comentarios

  1. El mismo Paul Auster, en un fragmento extremadamente filosófico, dice que a menudo es necesario no nombrar aquello de lo que hablamos. A cuenta de -y en coincidencia con- lo que decías en el post.

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