Pocas cosas son peores.

El teléfono sonó a las 4:37am del 17 de febrero. Julián estaba fumándose un cigarro a oscuras, solo, en la cama. A pesar de que tenía que estar en el laburo en tres horas y media. Su desvelo se debía a que hubieran cumplido una década de estar juntos, y sin embargo hacía año y medio que él estaba completamente solo porque ese espacio que había dentro de él, había quedado con la forma de Calíope, para que solo su entreverado y complejo contorno encastrara con el agujero que era el interior de Julián. 

Pero ahora eran las 4:39am del 17 de febrero y seguía sonando el teléfono. Una voz indescriptible, que no era de niño ni de adulto, de hombre ni mujer, apenas él atendió la llamada, se precipitó a decir:

-Pocas cosas son peores que extrañar algo que nunca pasó.

-Pero entonces... Entonces... ¿Entonces? ¿Cómo sé que nunca pasó?  - respondió desconcertado.

-Porque no tenés mis besos en tu boca o mi aroma en tu piel - susurró la voz lastimosamente y cortó.

Estaba soñando que Calíope seguía viva y que estaba durmiendo a su lado cuando despertó, se encendió un cigarro, sonó el teléfono y sucedió lo que acabo de contar. Se quedó unos instantes escuchando el tono y lentamente, mirando un punto fijo, colgó, estupefacto.

No entendía nada, había pasado ya un año desde que había tirado el frasco de cenizas en el Océano Pacífico como ella le había pedido. Por más caprichoso y molesto que le había resultado ese pedido con esas especificaciones trilladas, se había ido hasta Ecuador a tirarlos desde ahí, con todo el dolor del mundo; cuando esas cosas duelen, lo hacen con todo su arsenal de cosas feas. Por un mínimo instante nadie sintió dolor en ninguna parte del universo, hubo un alivio generalizado en todo lo conocido y lo que falta por conocer; nadie supo que se debía a que Julián lo tenía todo adentro en ese mismo momento. 

Calíope le pidió muchas cosas antes de partir, más que nada por irse con el placer de haberle roto un poco los huevos a este pelotudo que aún amándola tanto, la había dejado partir, por cobarde, por pagafantas. Todo lo que ella pidió, fue para que el lo haga.

Él hizo todo lo que Calíope dijo: regó sus plantas, cuidó a sus dos gatos (Heráclito y Demócrito) y continuó con su vida. Mientras hubiera sol, no tenía permitido llorar. 

Ahora tenía este sueño donde estaban durmiendo juntos y el teléfono sonaba, para decirle algo que perfectamente ella le habría dicho, pero con una voz que no parecía ser la voz de nadie. Tenía sentido, estaba muerta.

Inmediatamente decidió que estaba loco. No pudo dormir hasta que sonó el despertador, con esta idea de lo posible y lo imposible. Pensó en que mejor se lo preguntaría a la voz del teléfono si volvía a llamarlo.

Entonces se paró lánguidamente de la cama, rumbo al baño; no quiso comer, sólo se quiso bañar pero no tuvo éxito alguno porque antes de meterse en la ducha no pudo evitar buscar por todo su cuerpo (cual perro policía en un buscando a los consumidores de sustancias que nos transportan a lugares remotos de nuestra mente) el olor de la piel de Calíope, con todas sus variaciones. 

La sorpresa fue que, después de sentir la incertidumbre de quien ya no se reconoce en la realidad que lo rodea, tuvo que dejar de negarlo: claramente estaba ahí, era el perfume de Calíope y solo atinó a largarse a llorar. 

Entonces sonó el teléfono.

-No llores más de diez minutos - dijo la voz y cortó.

Julián tiró el teléfono al piso con todas sus fuerzas. Lo hizo añicos. Pocas cosas son peores que recibir órdenes de alguien que ya no esta en el mundo de los vivos, habiendo sido que cuando sí estaba todo lo que decía era el consejo más importante del infinito espacio para este insignificante protagonista; quien se paró del piso, se vistió y se fue a trabajar. 

Cuando volvió a su casa esperó y esperó junto al teléfono a que las palabras de su ser amado aparecieran del más allá, para saber entonces cómo continuar la vida sin ella. Pero sucedió que el teléfono nunca volvió a sonar; no llamó Calíope desde ninguna dimensión, ni otra persona desde esta.

Calíope no había muerto. Sucedió que lo que Julián había tirado al Pacífico no eran más que sus fotos, para olvidar de una buena vez (con todo el dolor del mundo) aquella sonrisa que lo hizo sentir en la cima del universo, si es que tal cosa existe. 

También sucedió que la voz del teléfono no era sino la de Calíope, que Julián había olvidado de tanto tiempo que pasó sin escucharla. Pocas cosas son peores, que dar por muerto aquel amor que a uno lo hizo tan feliz por el simple hecho que ya no está a nuestro lado por motivos evidentes.

Así pues, Julián siguió esperando junto al teléfono la llamada del mundo de los muertos, donde por suerte estaba su amada, ya que desde ahí no podría volver jamás. Esperó y esperó, junto a Heráclito, Demócrito, y las plantas de colores a que el teléfono sonara... Esperó y espero y esperó, mientras se iban consumiendo cajas de cigarrillos y botellas de vodka... Esperó y esperó, hasta que se dejó morir estando vivo... 

Pocas cosas son peores que dejarse morir esperando la llamada de alguien que está igual de vivo que uno mismo, amándonos con la misma pena e impotencia, en otra parte del mismo planeta.

Comentarios

  1. ...la misma pena e impotencia... Pocas cosas son peores que olvidar una voz.

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