Con un ojo morado.

Hace unos días comprendí que lo que más me gusta de las guerras de cosquillas es perder. Me encanta cuando la inicio y me vuelvo loca. Todo el proceso se reduce a pelearla, sacudirnos, ponernos como animales, dar vueltas, deshacer la cama, deshacerlo todo. Me enamoro de los gritos y las risas, la desesperación, los suspiros: la descarga. Sacarlo todo, sacamos las broncas, los amores, las ganas de reír y reír hasta que pierdo, me entrego, me dejo caer, y no hay nada que pueda hacer; después de un rato de pelearla simplemente me derribás todas mis barricadas, me dejás abajo, me sostenés con tus piernas los brazos y no hay nada que pueda hacer... La derrota es dulce, intento soportar y levantarme muchas veces, pero al final no hay nada que pueda hacer, la risa es un grito ahogado de desesperación, de "nene-no-aguanto-más-me rindo", y cuando acepto mi derrota, el suspiro final. Lo que más me gusta de las guerras de cosquillas es perder, perderme entre tu esfuerzo por ahogarme y el placer cuando se acaban tus ataques. Es el mayor y más sano alivio, porque después soy tan liviana de preocupaciones y malos recuerdos, que casi floto sobre el colchón y el suspiro es dulce, y el abrazo final entre risas y tus gritos de victoria me hace feliz.

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