Carta para Sonia.





Amor mío:

En algunas ocasiones me pregunto por qué dejé de escribirte... Creo que es porque no leés mis cartas. Ya sé, Sonia, ya sé que siempre decís que no tiene objeto que te escriba si vivo contigo y nos vemos a cada instante, ¿pero te acordás lo lindo que era para mí verte reír y esperar que vos también me saques una sonrisa? ¿Dónde quedaron esos días en los que encontrabas papelitos y te volvías loca de alegría? 
Vos dejaste de leerme y yo empecé a ser un tarado... Sé que no justifica nada, me comporté como un pelotudo, ¿qué otra cosa puedo decir? Me sentí ignorado, y cuando te lo dije no importó, qué sé yo. Un bobo alegre, un niño gordito y encaprichado con la necesidad de comerse el alfajor que su madre no quiere comprarle. 
De todos modos siento la necesidad de escribirte a cada instante. Lo he hecho varias veces, lo confieso, pero como sabía que no lo leerías lo tiré a la basura en forma de cenizas. Hoy será la primera vez en muchos años en que tendrás de nuevo una carta junto a la almohada cuando despiertes: esta carta que te escribo ahora será la que leas. Por favor no la tires, porque sale de un lugar que hasta yo mismo desconozco por completo... Mi corazón, que cuando se lo lastima duele más que cualquier otra herida que se pueda efectuar.
La verdad es que escribirte aún mientras giro un poco la cabeza y te veo ahí, tan tierna mientraas soñás, es algo que me llena el alma. Porque las letras Sonia, son algo que vos no entendés y yo tampoco; son un regalo mucho más preciado de lo que creemos. Quisiera que entendamos el valor de las palabras. Yo como de ellas, lo sabés, vivo de lo que registro en un papel y día tras día la gente lee, pero tampoco te creas que entiendo del todo. Cada vez estoy más cerca, y con éste hecho lo único que obtengo como deducción es que lo sabré cuando esté a segundos de la tan sagrada muerte... ¡La viva muerte! Esa que tampoco me va a separar de tu piel suave, tu andar alegre, tu menudo cuerpo y tu mirada verde. Já, la bella muerte que nos unirá eternamente... Espero que ahí me leas y me abraces sin que te lo pida. Era tan gratificante cuando me abrazabas sin que te lo pidiese... ¿Dónde quedaron esos días, Sonia? Quiero creer que esos días pueden ser todos los días desde hoy en adelante. ¿Y las cartas? ¿Qué hiciste con las cartas que te escribí? A veces me gusta imaginar que las tenés escondidas y las releés sin decirme nada. ¿Y los poemas? Los poemas más bellos que he escrito en mi vida fueron para ti y son dignos de leerse sólo por tus ojos para que con los más dulces labios que también son tuyos se los regales al mundo; él escuchará tu voz recitando mis palabras cual niño a punto de caer en los brazos de Morfeo. 
Ojalá me leas, amor, ojalá me leas cuando te escribo a ti porque sólo lo que escribo es lo que soy. ¿Querés saber qué soy? Soy un hombre viejo que dejó la mayor parte de su vida en brazos de la mujer más hermosa del mundo, y antes de conocerla estuve buscándola sin saber si existía o no... ¿Pero sabés que es lo más bello de todo? Que desde que nací te escribo sólo a ti, mujer-más-hermosa-del-mundo. Te inventé, te deseé, te dí cualidades, y formas de ver y sentir el mundo; vos apareciste, vos me amaste. Claro que no naciste por mi culpa, tonta, pero a lo que me refiero es que en algún lugar estabas mientras te imaginaba de letras y gracias al poder de las palabras que formé con mis manos te enteraste de que te amaba. Esta es una de esas ocasiones en las que me pregunto por qué dejé de escribirte, si sos lo más bello que he escrito. Prometo no dejarte nunca más sin el deseo de estar a mi lado, ni siquiera un instante.
Mi amor, mi dulce bruja, el escritor se despide aquí, ya que el amante necesita horizontalizarse a tu lado, lectora mía.


Tuyo siempre.
Yo.


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