Laira 10.- Buenos días, Filipina.


Laira huele a mandarinas y el sol entra por la ventana. Soñó un futuro hermoso, que es una zanahoria en la frente para que se esfuerce por huir del presente. El sol es una lamparita, y se prende para despertarla pero no logra hacer que se pare de la cama. Abre los ojos, Cronopio la abraza y se ponen a girar. Es curioso como desde adentro todo ese mundo es hermoso, y cuando se ausenta de él siente que los soles son soles y no lamparitas, que las velas son velas y no árboles, que las hojas son hojas y no plumas, que el mundo es mundo y que la realidad es necesaria.
-¡Falacias! -gritó endemoniada- ¿Qué hay en mis ojos negros hoy?
-Buenos días, Filipina.
-Buenas salenas, fama fama cronopio.
Se paran y comienzan las sonrisas, que comenzaron hace mucho ya. Café con leche y galletitas saladas. Dulce de zapallo, o de batata, o de membrillo, o queso. Agua caliente y jabón para lavar las caras pateadas por las almohadas, por los restos del violento amor, que los sometió al placer más dulce, la noche anterior. Menta en el cepillo, y el beso será más rico. Él se va, así tendrá plata para comprar cosas que ella no necesita. Ella se acuesta y no hace nada. Todos los días son iguales. Siente que Cronopio se aburre rápido, corre desesperada en busca de algo que les llame la atención. Pero no lo encuentra, así que se fuma un porro y entonces no necesitan nada; el mundo no es mundo sino una amarilla flor, las hojas son plumas de un pájaro de colores, los besos son caricias al corazón.
-Buenos días, Filipina. Esta es nuestra vida. Esto somos hoy -dicen sus ojos verdes cuando la miran-.
Laira los recuerda todo el día, desnuda el alma y olvida la razón. Ellos... Ellos dos. ¡Qué hermosos se ven hoy! ¡Qué buenos días, Filipina!

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