Lagrimilla.

Parece que va a caer pero no cae, se queda ahí, soportando la presión. Se queda porque no quiere ser víctima de la monotonía, porque busca marcar la diferencia, porque sabe que si se deja llevar serán miles... ¡Serán miles! Caerán una a una, y a veces incluso puede que lo hagan de a dos. Serán tibias pero lo mojarán todo, dejando así esa humedad salada, propia de ellas, que al rato no sólo será fría sino también pegajosa. Soporta ahí, quieta y respirando profundo; ahí junto a la sien, en la comisura del ojo (si es que existe tal cosa). Prefiere estar calmada entre mis pestañas, aunque sea demasiado pequeña para ellas y se sienta quizá un poco amenazada. Mis ojos te siguen mirando, pero ella resiste y sigue ahí. Y no va a caer, no lo hará. De chiquita se prometió que no iba a ser como los demás, que haría todo lo posible por no ser tan triste. Y hoy, já, ¿quién diría? ¿Quién diría que sería tan afortunada mi lagrimilla, de terminar desparramada en tu mano? Qué bueno, qué bueno, mi amor, que preferiste acariciarla dulcemente para darle un descanso, y que al fin todas las que venían atrás se fueron.

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